El suelo está sucio y
la música es impenetrable. Los parlantes están infinitamente cerca, no importa
donde estén. Él se siente cómodo, tiene un vaso en su mano, con una bebida
negra, oscura, con mucho hielo, aunque esa noche haga frío. El sorbete está en
el piso, está así desde que le entregaron la bebida. Se apoya con el codo
contra la mesa de la barra. Una Mujer con un top blanco le sirvió, su piropo no
prospera. La camisa es nueva, está siendo estrenada esa noche, la tiene
arremangada para resaltar los biceps que estuvo trabajando desde que está solo.
Se siente cómodo, como se peleó con la novia se siente libre. A un amigo le
dijo:
– Soy un tigre en la
selva, viejo.
Se siente cómodo,
despierto, simpático, ganador. El concepto de histérica relajó la primera
derrota nocturna. La humedad trepa de la barra, por su codo desnudo y sube por
la piel erizada. Se desprende de esa postura. Decide hacer unos pasos
esquivando vasos y envases tirados. Patea una botella, una espesa espuma se
vierte y pierde entre las infinitas piernas. Distingue un par. Son buenas
piernas, es un buen cuerpo y tiene un lindo rostro. Las luces lo marean. Se
clavan en los objetos. Un destello resalta el top blanco de la barman que ya no
le interesa. Decide dar una vuelta más larga. Se olvidó del par de piernas,
buen cuerpo y lindo rostro. Encuentra a otra mujer, distinta, pero igual. Ella
baila bien. Buenas piernas, buen cuerpo y lindo rostro. Él no sabe bailar,
tensa el estómago, infla el pecho. Mira. La mujer baila que baila. La
indiferencia lo cohíbe. Prueba a la chica que está al lado. Es otra no baila,
charla con las amigas. Buenas
piernas, buen cuerpo y lindo rostro. Pasa cerca de ella mientras la música lo aturde. Se siente cansado de
mirar. Sonríe, pero a nadie. Bebe, se olvidó de
su adorno y el vaso sin hielo es transparente: aguado. Vuelve a la
barra. Pide otro fernet, con otro piropo. Alrededor son todos hombres. Todos
iguales a él, apoyados contra la barra, con camisas nuevas o casi nuevas, mirando
la multitud. Esta vez bebe rápido y pide otro. Se entona y sale para el otro
lado. Hola dice a la primera mujer que se le cruza. Nada. Hola, dice a la
quinta y hola a la séptima, a la novena, a la décimo octava. Nada. Dos vueltas
da al galpón.
–Hola –le responde
quién sabe ya quien.
–Hola, preciosa, ¿cómo
estas? –agrega.
–Hola –vuelve a decir–,
bien, acá andamos.
–Me alegro –se calla,
la música taladra las palabras, no esperaba el saludo.
–¿Vos? –dice ella.
–Todo bien, saliendo
un poco –dijo
–Yo también, aunque
tenía ganas de quedarme en casa, con este frío.
–Si frío, mucho. Qué
bárbaro –, no encaja. No sabe por qué.
Ella ya reconoció que
no se acuerda de ella.
–No te acuerdas de mí.
–No, disculpame, ando
medio borracho –miente, reflexiona: buenas piernas, buen cuerpo y lindo rostro.
–No importa, ¿seguís
trabajando?
–¿En qué? –responde
perdido.
–No importa.
El silencio de las
voces es como si callara hasta la música. Las luces lo bloquean mentalmente, no
accede a palabras o recuerdos. La mujer frente a él le sonríe, cada vez con
menos simpatía y más sorna. La invita a beber algo de la barra, pero ella lo
rechaza agradecida. Le propone bailar, pero ella sabe que a él no le gusta
bailar, declina la oferta. Mira hacia los costados, hacia arriba, sigue los
juegos de luces, cabecea al ritmo de la música, quiere irse. Está incómodo.
Ella quiere que la recuerde, pero eso no sucede. El suelo lleno de porquerías,
las manos inquietas con su vaso vacío, La camisa nueva comienza a retener el
sudor del desencuentro.
–Voy a buscar algo de
tomar. ¿En serio no querés?
–No gracias.
–Ya vuelvo –miente.
–Dale, te espero
–miente ella.
Fernando A. Nicollier.
Sobre el texto "Conversación" de Eduardo Mallea.
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