LA CASA


Aurelio tenía 73 años, pero cuando se enteró que la casa donde había vivido su infancia estaba en venta, le embargó  el exilio y volvió a los doce que tuvo alguna vez.
Entonces, se le ocurrió la idea de llamar al vendedor y hacerse pasar por un posible comprador. Así fue que, tras haberle llamado, acordaron a las 17 hs. de esa misma tarde para ir a visitarla. Aurelio se calzó la cuchilla oblicuamente en la parte posterior de su pantalón y sujetada por el cinto, la cubrió con su viejo saco.
Llegada la hora y estando allí, se presentó cordialmente al vendedor y ambos se dispusieron a ingresar al domicilio.
-Como verá la casa se encuentra un poco deteriorada en cuanto a los detalles de pintura- le dijo el vendedor y prosiguió. -Pero tiene todos los servicios y además cuenta con un patio no muy grande pero con un viejo y frondoso árbol para disfrutar de la frescura del verano.
-Justo lo que me recetó el medico para el otoño de mis días dijo Aurelio y sonrió.
Luego, le preguntó si se podría abrir la puerta del patio. Como no- dijo el vendedor, al que en ese mismo instante le sonó su teléfono móvil.
Si me disculpa unos minutos, enseguida vuelvo. Y agregó, Ud. recorra libremente la casa si lo desea.
-Gracias dijo Aurelio, y así fue.
Aunque la casa fuese ajena, Aurelio se sentía colado en su propia vida.  Era mucho lo que había cambiado. Cuantas paredes que antes no estaban.
Girando la cabeza, la vio a su madre cocinando con su delantal y con su mirada tierna que le decía:
Anda lavarte las manos que ya vamos a comer.
De pronto, su padre que lo asusta de atrás y lo alza y le escucha decir: ¿cómo te fue en la escuela campeón?
El fondo tampoco era muy grande, pero en aquel entonces parecía tan inmenso. Recordaba cuando corría a su hermano por robarle las figuritas, cuando juntos alentaban barriletes, pateaban la descocida pelota y comían mandarinas bajo el sol.
Aurelio se acercó al viejo árbol. De repente observó que el vendedor había terminado su llamada, entonces se apuro, saco su cuchilla y como pudo se hincó de rodillas ante el árbol y escarbo la tierra. Luego de unos minutos, allí estaba esperándole; un viejo cofrecito donde escondía las figuritas para que no se las robe su hermano. Sus ojos se estremecieron y también los del vendedor que supo entender que lo que hace a un hogar no son las paredes y para Aurelio que supo comprender que uno regresa por dos razones: para reencontrarse o para despedirse.

Diego Camejo.

Sobre el texto "El candelabro de plata".

Abelardo Castillo (San Pedro, 27 de marzo de 1935) Publica sus primeros cuentos en 1959. Gana un premio en el concurso de la revista Vea y Lea en 1959 (jurado: Borges, Bioy Casares y Manuel Peyrou). Cuentos: Las otras puertas, 1961; Cuentos crueles, 1966; Las panteras y el templo, 1976; El cruce del Aqueronte, 1982; Las maquinarias de la noche, 1992; El espejo que tiembla, 2005.

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