El aullido de los rosales


Era verano en las tranquilas zonas delticas. Lo único que se oía en las siestas era el inalcanzable correr del río que no tenía piernas pero viajaba muy lejos.
Tenia diez años y había ido a pasar las vacaciones con mi tía y primas de Villa Paranacito.
Días atrás nos habían visitado intensas lluvias veraniegas que nos dejaban una furiosa humedad y pesadez en las sienes. Estábamos mis primas y yo, rodeadas de algunos mosquitos, tomando fresco bajo un sauce llorón, a unas casas de lo de mi tía. Allí el aire era mas freso, sentía cada molécula de oxígeno mezclarse con mi sangre.
Frente a nosotras, crecían los enormes e imponentes rosales de los Giménez.
Todos conocían a la familia, quedando, en ese entonces, solo los viejos. Su fama estaba ligada a la sospecha de que el mas chico de sus hijos era lobizon.
Se decía que al haber nacido varón su séptimo hijo, los padres lo encerraron en el galponcito del fondo, donde permanecía escondido y solo.
Había quienes juraban escucharlo aullar a la luna, o poner rabiosos a los perros de la zona. Una vez se le adjudicó, la desaparición de una joven, que semanas después fue encontrada ahogada en las costas de una isla cercana.
Los Giménez siempre fueron reservados. No se los veía mucho y solo salían de su casa para regar y cuidar los rosales y hacer diligencias.
Mi prima menor aseguraba haber visto al niño lobizón, saliendo aterrorizado de su casa, con los ojos perdidos, sucio y con el pelo largo y enredado. Escapó inmediatamente de allí, espantada de miedo.
Hace algunos días salió en el diario la noticia de un joven encontrado encerrado en su cuarto, a quien la crueldad y la ignorancia de sus padres lo habían aislado desde pequeño.
Se lo describía muy desnutrido, sucio, sin saber hablar.
Al centro de la noticia se plasmaba una foto, donde en la casa del joven se apreciaban los magníficos, siempre inmutables rosales de los Giménez.

Florencia Guzmán.
Sobre el texto "El Yaciyateré".

Horacio Quiroga: (Salto, 1878 - Buenos Aires, 1937) Narrador uruguayo radicado en Argentina, considerado uno de los mayores cuentistas latinoamericanos de todos los tiempos. Su obra se sitúa entre la declinación del modernismo y la emergencia de las vanguardias. Influido por Edgar Allan Poe, Rudyard Kipling y Guy de Maupassant; destiló una notoria precisión de estilo, que le permitió narrar magistralmente la violencia y el horror que se esconden detrás de la aparente apacibilidad de la naturaleza.

Cuestión de enfoque

Hacia comienzos del siglo XXI, censos en el viejo mundo señalaron allí un incremento de la población de la tercera edad y, como contraparte, una juventud mermada cual las economías, a falta de su fuerza de trabajo. La demanda creciente de los más longevos a los sitemas de salud, empobrecía al presupuesto nacional. Las políticas de salud mejoraron la calidad de vida de los mayores, pero era de temer que se conllevasen a una crisis económica mundial.
Y la pregunta que todos se hacían era qué hacer.
Entonces la mirada de los investigadores se centró en una región de Centroamérica conocida como  “Vilcabamba”. La razón es que allí la gente mayor, en general llegaba a los 120 años de edad, pero no a costa de políticas que amenazaran la economía, pues, de hecho, se trataba de gente que llevaba una vida rural, y sin mayores excesos que el consumo de alcohol, tabaco, u hojas de coca, que, para desconcierto de la comunidad científica, no traían aparejados peligros para la salud que se ven constantemente en el mundo corriente. Y esa longeva gente al mantenerse tan sana, no veía la necesidad de jubilarse, así era común ver por las calles, encorvadas mujeres cargando pesadas bolsas sobre sus espaldas, como algo que les hacia bien para mantenerse tanto activas como sanas.
Los investigadores no sabían como llevar esa virtud al resto del globo, porque para empezar, ni siquiera podían explicar como la misma tenia lugar en medio de esta comunidad tan sencilla, que para colmo de la incertidumbre no se privaba de los vicios que al común de la gente diezmaba.
Unos investigadores aventuraban la teoría  de la pureza del aire, en estas alturas montañosas, donde la gente era acariciada por las nubes. Otros decían que esa pureza se sumaba una genética por ella moldeada. Pero estos decires no ponían en certeza nada, ni daban esperanza a la gente que afuera no gozaba de dicha genética, ni del ambiente susodicho.
Sin embargo, hubo una pareja entre estos investigadores, que tras años de observación, y motivadas por aquejamientos culturalmente propios de su avanzada edad, decidió ponerse como conejillos de india para ver si resolvían el acertijo.
Para ello, volvieron a su hogar en el viejo mundo. Con el sencillo auxilio de radios portátiles y auriculares se aisló de toda la contaminación sonora de las calles de la ciudad. A la hora de ver TV evitaban el morbo de los noticieros, las pasiones alienantes de los deportes populares y todo contenido violento e intrascendente. Las ventanas y puertas estaban abiertas solo por la noche y todo el derredor de la casa estaba amurallado por altas rejas cubiertas de enredaderas cuyos frutos atraían a las aves que celebraban el sol temprano en la mañana. Y cuando callaban, los auriculares reproducían relajantes grabaciones de días lluviosos, o de la fauna exótica de regiones selváticas. Y la pareja aprendía de las cosas simples, y desde la relativa distancia tomada frente a la vorágine con que el mundo capitalista se movía, pudo ver las causas de muchos males, y lo suyos propios cedieron luego de pocos años, a pesar de convivir con la contaminación de la transitada ciudad. La tecnología mas imprescindible era la que les permitía oír música o ver una buena novela representada en el cine. Así pues donde no les acompañaba la tv, si la radio. Pero pensaban que la tecnología, cualquiera sea, no era mala en si, según se use.
Con todo, esos raros días en que se cortaba a luz eran bienvenidos, para brindar a la luz de unas velas, y compartir una enriquecedora lectura.
En ocasiones se solía oír a un vecino molesto por el calor anunciarle a otro que se pronosticaba lluvia. Luego esta caía y mientras la pareja amaba el trazo de los relámpagos en el cielo de la noche, en las cercanías el que estaba molesto por el calor ahora lo estaba por la humedad.
-El tiempo está loco-, maldecía.
Insensatez y malestar abundaban. Un joven fastidiaba con el ultrapotente equipo de sonido que su padre le compró para compensar largas ausencias. Una vieja solterona ostentaba el lujoso coche convertible de su amante, acelerándolo ante los jóvenes para simular que los años tras sus gafas para sol no habían pasado. Y estos jóvenes mezclaban drogas y alcohol, y montaban sus motocicletas para perseguir innumerables malas acciones.
En adelante, la salud mejoró más en la pareja, mientras simples auriculares evitaban el bullicio de los que no sabían qué hacer de bueno con la tecnología. Y si bien faltaba para saber si 120 años contaría, se convencía de que para el viejo mundo tal longevidad seria siempre una Utopía.

Julián Mandar.
Sobre el texto "Marketing".

Pedro Orgambide: Nació en Buenos Aires el 9 de agosto de 1929. Su nombre completo era Pedro Gdanski Orgambide. Durante el último año de la escuela primaria fundó un club para chicos con el nombre del poeta que más admiraba: Alvaro Yunque. También publicó sus primeros poemas en las páginas que dirigía Raúl González Tuñón en el periódico Orientación, entre 1942 y 1945. Se exilió en México en 1974. Murió el 19 de enero de 2003 en Buenos Aires.