Si conocieran mi verdadero trabajo… Si supieran que es por mí que las calles de esta ciudad respiran calma…
Ficus me contrató, más bien, hicimos un trato. Él no me embrujaría si yo le entregaba personas para que lleve a cabo sus trabajos. Y qué mejor que delincuentes para ello.
Hace más de seis meses me encontraba patrullando la plaza principal; caminaba con tranquilidad, vigilando cada rincón hasta que lo descubrí. Al notar esto me señaló con su dedo índice y sentí que me paralizaba. No iba a huir; si se trataba de un loco no le daría importancia, y si quería asaltarme, se había metido con el sujeto equivocado. Lo detendría y lo llevaría preso.
Pero no era ni un maniático ni un ladrón. Se trataba de un viejo barbudo, vestido anticuadamente. Me llamó la atención un relicario que llevaba colgando de su cuello.
El sujeto me dijo que por haberlo descubierto tenía que elegir entre recibir un maleficio o convertirme en su servidor. Al principio traté de ignorarlo, dar media vuelta y marcharme, pero realmente una fuerza sobrenatural impedía que me moviera. Asustado, porque eso no era cosa habitual, opté rápidamente por la segunda opción.
El viejo se presentó. Dijo llamarse Ficus y ser hechicero. Sus ojos, de mirada fuertemente penetrante, delataban que no era una persona común.
Ficus se quitó el relicario y me dijo que lo tomara. Por fin pude moverme. Sujeté el objeto con ambas manos. Era pesado y estaba frío.
A continuación, el viejo me dijo que sólo lo abriera cuando fuera necesario y detalló enseguida mi tarea como su servidor. Tenía que conseguirle humanos para sus experimentos. Todos serían trasladados a un calabozo al que sólo el viejo sabía llegar.
Pareció coincidencia que justo cuando culminara de explicarme eso se activó la alarma de un coche. Al girar noté que un malhechor intentaba abrir a la fuerza la puerta de un vehículo estacionado a un lado de la plaza.
Guardé el relicario en mi chaqueta y sin pedir permiso corrí hacia el ladrón al grito de: <<¡Alto, policia!>> mientras le apuntaba con mi pistola. Pero la mala suerte me tocó. Tropecé con una piedra a pocos metros del tipo y mi revolver fue a parar a un cantero lleno de plantas.
En ese momento vi al ladrón aprovechar su oportunidad. Metió su mano en el bolsillo y sacó un arma de fuego. Pero justo antes de apuntarme oí a Ficus gritar: <<¡El relicario! ¡Abre el relicario!>>. Buscar la pistola me llevaría más tiempo que meter la mano en el bolsillo de la chaqueta y hacerle caso al viejo. Entonces hice lo segundo. Abrí el pesado medallón y vi desintegrarse en pocos segundos a quien me apuntaba. Quedé boquiabierto.
Los investigadores y periodistas no se explican la desaparición de cientos de jóvenes y adultos que fueron acusados de robo o violación de la ley.
Por mi parte, camino altaneramente, sabiéndome importante para la ciudad. Nadie sabe que limpio las calles de ladrones y no tengo necesidad de contarlo.
La gente tiene más confianza en las noches y sale sin preocuparse de ser asaltado o arrebatado. Casi no hay delincuentes.
De vez en cuando el viejo Ficus me lleva al calabozo y me muestra con orgullo todos los prisioneros que yo atrapé para él. Sonrío al verlos temerosos de mi y del viejo, sobre todo me satisface ver temblar, ante mi presencia, a aquel que me quiso matar la noche que lo descubrí robando un auto.
Alessandra Waitomo
Sobre el texto "Las mariposas de Piraí".
Estella Calloni: periodista y escritora. Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí (1986). Fue corresponsal de guerra en América Central y se especializó en política internacional. Editora y directora de revistas de esa temática, ha publicado cuentos y poesías en revistas de América Latina y los Estados Unidos. Es corresponsal en América del Sur, con sede en Buenos Aires, del periódico La Jornada, de México.

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