SAKURA Y LA MARIPOSA
Sakura era un gato, elástico y agradable, que se ahogaba de luna con mucha frecuencia, preguntándose una y otra vez por la liquidez del cielo. Le gustaba saltar, de techo en techo, de casa en casa, cuando llegaba la noche. También disfrutaba de escalar árboles torcidos, para estar mas cerca de alguna estrella y con ella hablar.
Un día mientras paseaba por su jardín de hermosos aromas, se encontró con una mariposa, la cual estaba acariciando una rosa, era justo la hora en que el cielo se pinta de celeste con lentitud; ante aquel cuadro el felino se preguntó, ¿será eso amor? dibujando en su rostro una leve sonrisa satánica, parecida a la de una sirena. La mariposa lo escuchó y con mucha ternura le respondió: Si, gatito, solo es una forma de amor, el mismo amor del rayo de luz y el árbol, el mismo amor del ave por la altura, de vez en cuando, sarcástico amigo, me gusta alejarme del ruido de lo humano, cuan alegre el corazón titila al compás de una nube esponjosa, contemplo el agua suave, cuando camina silenciosamente hacia lo hondo y azul del mar. Aún en la muerte y círculo eterno, ¿será la existencia una melodía? tan blanda y sensible, que la escucharía cualquier sordo, y lo vería cualquier ciego...
Te confieso algo, señorita alada, jamás escuché tales transparentes palabras, limpias y puras, sin una gota de maldad, pues bien, soy un gato negro que camina por las noches, solitario e invisible me desplazo, tienes suerte de posar, en los pétalos de la rosa, sabrás comprender y respetar las espinas, pues en esta época, toda planta busca marchitarse y los árboles desnudos meditan bajo la influencia del astro solar, esperando con paciencia, el reverdecer primaveral, brindando refugio en la cíclica luna a las lechuzas, los búhos y a mi.
El día y la noche se abrazan, en todo amanecer y en todo ocaso, cualquiera sea la estación, y la dirección del viento danzante... Ambos sabemos, mi felino parlanchín, de otoño y primaveras, pero quisiera contarte hoy, de mi extraña mutación, no siempre me gustaron las flores, ni me elevaba hacia arriba, mas bien me arrastraba, y tenia otro aspecto, pero he cambiado, al igual que ese árbol, con el cual te gusta jugar...
Agradable mariposita, escuchemos el silencio, háblame con tu ritmo al volar y flotar, déjame extasiarme con tu intenso arcoiris...
Está bien gatito, pero podrías solamente susurrar tu nombre? Sakura, me llamo Sakura...
Desde aquel día Sakura y la mariposa dialogaban con gestos, y ambos se entregaron a la inmensidad de lo infinito.
Edgar Gómez.
Sobre el texto "El Patio" de María Elena Walsh.
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