Alvear 2 AM

Era una noche de invierno, esas en que la humedad no te deja espacio libre donde refugiarse del frio. Ella, una chica joven pero que aparentaba mas años de lo que tenía, estaba sentada en el banco más alejado de los faroles que escasamente iluminaban la plaza.
No era su falta de hogar la que la obligaba a pasar tanto tiempo ahí, sino que sólo no le interesaba ir a otro lugar. Eran casi las 2 de la mañana. Una niebla ocupaba todos los espacios vacíos de la plaza.
Sacó de su bolsillo algo que aparentaba un cigarrillo y lo prendió.
Largas bocanadas de humo entraban por su boca.
Casi no se dio cuenta cuando ese señor, viejo, se sentó a su lado.
Miro sin interés. Siguió fumando. Ya era costumbre compartir el banco con personas extrañas. Las noches en esa plaza estaban siempre acompañadas de un personaje distinto. Gente que quiere hablar, que la escuchen, una pitada, o simplemente sentir una compañía.
-Yo soy un águila-, le dijo él, -veo todo en las alturas.
Hizo una pausa esperando respuesta. Ella lo miró. El tipo tenia unos ojos amarillos, y un aspecto desalineado. Al ver que no iba a contestarle prosiguió.
-Y como soy un águila te puedo ver a vos, siempre te veo, aunque vengo de un lugar distinto-, su tono era calmo, pero demostraba un dejo de locura que acompañaba con ademanes exagerados, -¿Te puedo leer la mano?
-No creo en esas cosas-, lanzó ella, - además hace frío.
El tipo se rió. Todo alrededor se movió. La neblina parecía una babosa lenta, iba desplazándose como si tuviera vida propia.
-¿Cómo no vas a creer si ya estas sentada acá? Vos estabas hasta deseando que te lea la mano. Hay mucho problemas viste? Los políticos siguen siendo unos hijos de puta. El mundo se cae a pedazos y lo único que quieren hacer es plantar y vender soja-, su tono de voz subía y bajaba rápido. Se puso nervioso.
–Al final vamos a terminar todos en cámaras criogénicas para zafar de los pesticidas.
Ella lo dejaba hablar. Se notaba que en realidad eran mambos del tipo, aunque parecía decir cosas coherentes en su relato. Le ofreció una pitada. El tipo, que había seguido hablando, frenó en seco y agarro el faso. Fumó largo y profundo y prosiguió.
-En este país lo único que importa es la plata. Bah, en el mundo. La televisión esta cada vez más degenerada, aunque no tengo, no la miro. Pero la veo, lo sé-, parecía enojado.
Escupió todo el humo con que se había  atragantado. Ella lo miraba, lo miraba largo y pensativa.
-Tenes razón, un culo la verdad-, dijo con un suspiro -Una reverenda podredumbre, y encima machistas y pelotudos. Todos y todas. Pero ya es tarde, mañana tengo que volver a sumergirme en el centro del barro.
Se levantó rápido para  no oír respuesta. Salió derecho para su casa. Ya no tenía ganas de seguir escuchando la misma gilada de siempre.

Natalia Enriquez.
Sobre el texto "Conversación".

Eduardo Mallea: (1903, Bahía Blanca - 1982, Buenos Aires) escritor y diplomático argentino. Gran Premio de Honor de la SADE 1946.

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