Gurises

Ahí llegaron otra vez los muchachos esos, ya debe ser el tercer o cuarto mes que vienen supongo, yo mucho no me entero por que estoy acá a la guarda mateando pero me acuerdo de la primera vez que vinieron a chamuyar) conmigo y los demás, los primeros días de marzo, mas o menos, querían jugar con los gurises, vos vieras Laucha andaban los gurrumines a la vuelta de uno, bien decía el viejo, a caballo regalao no se les miran los dientes. La cuestión es que pegaron unos carteles en el comedor, en las escuelas que están por acá cerca del barrio y no sé si en algún otro lugar, invitando a los gurises a jugar a la canchita los viernes. Al principio no me cerraba mucho la idea pero parecen buena gente, creo que son de la universidad o algo así. Con el que estuvieron hablando bastante es con El Trucha, el anda ahí con ellos ayudándolos siempre que vienen, pobre Trucha algo tiene que hacer pa´salir adelante también.
Vino amargado después de hablar con el bienudo por el laburo ese que nos había comentado, ¿qué no sabias vos? Si, si venia lo más bien la charla con el tipo hasta que le dijo que era del barrio y se acabó lo que se daba. Yo le dije que ese tipo era un yetatore pero viste como es El Trucha se quedó amargado con eso, decí que ahora anda entretenido con los pibes estos. Han hecho bastante vos vieras, ahí no más en el comedor estuvieron pintando un mural, las minas de ahí también ayudaron, La China les ofreció pintar la pared, esa mina se presta para todo tiene el zurdo grande che. Yo los miraba del sucucho, ya cuando se van para la canchita se me complica el panorama, por ahí me doy una vuelta por allá atrás a tijeretear lo que hacen. La semana pasada había unos achumados como siempre al lado de los gurises jugando, yo los miraba y carburaba mientras, los pibes se entraron a cabrear cuando uno se les metió en el juego y empezó a quilombear. Vos vieras eso, tenia el gurí mas chico en brazos y le quería enseñar a fumar al otro que andaba ahí, le dio el faso y quería que lo prendiera, y ahí uno de los pibes, El colorado, le dijo algo y terminó tirando el faso, se quedó un rato largo, seguía chiflado pero aparentemente algo le entró en la aceitosa por que no vi mas la indiada los viernes en la canchita, ¡qué manera de hacerme mala sangre ese día! Se juntan en lo de Álvarez ahora, ahí en la cortada que está en la entrada del barrio, no había agarradas por el momento pero no me extrañaría que un día se vaya todo al carajo, el otro día eran todas las minas las que vinieron y estos andaban a la pesca, entro a caer la noche y las pibas seguían en la canchita, cuando se iban les gritaban cosas y queseyo, ahí me quedé carburando, de puro ojete no tuve que salir al pucho.
Decime si no tengo razón Laucha, una vez que alguien se preocupa por los pibes, hay que tener un poco de araca che, después nos quejamos de que nadie se acuerda de nosotros y de hecho de eso ya bastante tenemos. Decí que estos pibes tienen un metejón con los gurises que todavía siguen viniendo.

Luciana Richard.
Sobre el texto "Torito".

Julio Cortázar: (Ixelles, 26 de agosto de 1914 - París, 12 de febrero de 1984) escritor, traductor e intelectual de nacionalidad argentina y francesa nacido en Bélgica. Optó por la nacionalidad francesa en 1981, en protesta contra el gobierno militar argentino. Debido a que los contenidos de su obra transitan en la frontera entre lo real y lo fantástico, suele ser puesto en relación con el realismo mágico e incluso con el surrealismo.

Alvear 2 AM

Era una noche de invierno, esas en que la humedad no te deja espacio libre donde refugiarse del frio. Ella, una chica joven pero que aparentaba mas años de lo que tenía, estaba sentada en el banco más alejado de los faroles que escasamente iluminaban la plaza.
No era su falta de hogar la que la obligaba a pasar tanto tiempo ahí, sino que sólo no le interesaba ir a otro lugar. Eran casi las 2 de la mañana. Una niebla ocupaba todos los espacios vacíos de la plaza.
Sacó de su bolsillo algo que aparentaba un cigarrillo y lo prendió.
Largas bocanadas de humo entraban por su boca.
Casi no se dio cuenta cuando ese señor, viejo, se sentó a su lado.
Miro sin interés. Siguió fumando. Ya era costumbre compartir el banco con personas extrañas. Las noches en esa plaza estaban siempre acompañadas de un personaje distinto. Gente que quiere hablar, que la escuchen, una pitada, o simplemente sentir una compañía.
-Yo soy un águila-, le dijo él, -veo todo en las alturas.
Hizo una pausa esperando respuesta. Ella lo miró. El tipo tenia unos ojos amarillos, y un aspecto desalineado. Al ver que no iba a contestarle prosiguió.
-Y como soy un águila te puedo ver a vos, siempre te veo, aunque vengo de un lugar distinto-, su tono era calmo, pero demostraba un dejo de locura que acompañaba con ademanes exagerados, -¿Te puedo leer la mano?
-No creo en esas cosas-, lanzó ella, - además hace frío.
El tipo se rió. Todo alrededor se movió. La neblina parecía una babosa lenta, iba desplazándose como si tuviera vida propia.
-¿Cómo no vas a creer si ya estas sentada acá? Vos estabas hasta deseando que te lea la mano. Hay mucho problemas viste? Los políticos siguen siendo unos hijos de puta. El mundo se cae a pedazos y lo único que quieren hacer es plantar y vender soja-, su tono de voz subía y bajaba rápido. Se puso nervioso.
–Al final vamos a terminar todos en cámaras criogénicas para zafar de los pesticidas.
Ella lo dejaba hablar. Se notaba que en realidad eran mambos del tipo, aunque parecía decir cosas coherentes en su relato. Le ofreció una pitada. El tipo, que había seguido hablando, frenó en seco y agarro el faso. Fumó largo y profundo y prosiguió.
-En este país lo único que importa es la plata. Bah, en el mundo. La televisión esta cada vez más degenerada, aunque no tengo, no la miro. Pero la veo, lo sé-, parecía enojado.
Escupió todo el humo con que se había  atragantado. Ella lo miraba, lo miraba largo y pensativa.
-Tenes razón, un culo la verdad-, dijo con un suspiro -Una reverenda podredumbre, y encima machistas y pelotudos. Todos y todas. Pero ya es tarde, mañana tengo que volver a sumergirme en el centro del barro.
Se levantó rápido para  no oír respuesta. Salió derecho para su casa. Ya no tenía ganas de seguir escuchando la misma gilada de siempre.

Natalia Enriquez.
Sobre el texto "Conversación".

Eduardo Mallea: (1903, Bahía Blanca - 1982, Buenos Aires) escritor y diplomático argentino. Gran Premio de Honor de la SADE 1946.

El bar de la esquina


El bar quedaba frente al botánico, sobre avenida Las Heras. Las inmensas y añosas palmeras adornaban la esquina del frente, haciendo cruz, era un edificio viejo con el encanto de los años cuarenta, de líneas sobrias, ventanales amplios, piso de parquet y puerta giratoria.
Entraba y salía gente, era casi medio día en una ciudad que no descansa nunca.
El sol daba directo a la mesa, los rulos despeinados de Manuel brillaban mas que nunca con ese descuido que solo él llevaba.
Tenia la tranquilidad de todos los días y la dulzura acostumbrada de años de esperar que ella le devolviera una sonrisa.
-Viste, está todo carísimo- dijo ella.
-Igual que siempre, no más.
-Todo sube, la comida, la ropa....
-Es parte de los ciclos de este país.
-No veo como podés contemplar todo como si nada pasara.
-No soluciono nada.
-Y así no cambiamos el mundo.
Mientras sus quejas aumentaban, la gente entraba apenada y ordenaba algo.
-Dos porciones de muzzarela... indicaba el mozo flacucho y encorvado frente al mostrador, mientras el cocinero se perdía en la humareda de la cocina.
Ella gesticulaba, sacaba papeles y no paraba de quejarse.
-No creo que tengas que resolver todo hoy.
-Necesito terminar el trabajo .
-Te quedan tres días para presentarlo.
-Hay que hacer muchas correcciones.
En el momento mas álgido del medio día, entró una pareja.Él habría tenido cuarenta, ella apenas veinte; en ese preciso momento Eugenia dejó de gesticular, trató de armar una frase pero quedó congelada por dentro y por fuera.
-Qué te pasa, dijo Manuel.
-Nada, nada, es que quisiera... si podemos... yo decía que...
Manuel contemplaba azorado sus ojos negros, enormes, mirando nada.
-¿Qué te pasa? Insistió él.
-Nada, yo decía, que tal vez...
Apenas se levantó, Eugenia tomó sus cosas, dejó la comida, Manuel pagó y la siguió hasta que la alcanzó en la esquina.
-Qué pasa.
-Nada, mi ex con su flamante novia acaba de entrar al único bar de esta ciudad; nunca pensé cruzarme con ellos.
Manuel la abrazó fuerte; la miró dulcemente como siempre, ella se acurrucó en sus brazos y dejó de quejarse.

Norma Enriquez.

Sobre el texto "Conversación" de Eduardo Mallea.

El pánico de la maceta

La maceta estaba sola en la esquina, se miraba con la puerta sin saber ya de que hablar.
Una noche cuando la luna alumbraba por la ventana, la maceta comenzó a pensar demasiado, se agarraba la cabeza y pronto, en un ataque de pánico, empezó a saltar por la casa desparramando toda su tierra seca y apelmazada como piedras duras, desparramaba la tierra moviéndose a los saltos de aquí para allá, por arriba del ropero, por el escritorio, por las sillas y las mesas, dio un salto más y entró a la cocina como loca; la heladera la miraba, le dijo qué haces maceta, no ves que estas haciendo un desastre. Doña heladera se preocupaba. ¡Por qué maceta! ¡Qué te pasa! Qué estas haciendo! ¡Controlate! La cocina le replicaba maceta, macetita, te vas a lastimar, estás haciendo un desastre terrible, y sin embargo la maceta saltaba y saltaba. ¡Ya estoy cansada! De esta  vida maceteada, estoy siempre en la esquina y nunca pasa nada ni siquiera tengo una flor que me acompañe y que me de un poco de color en esa esquina de morondanga. Corrió por arriba de la mesada gritando y empujó la taza que cayó al suelo, todos miraron en silencio a la pobre taza que yacía en el suelo, el silencio se hizo profundo, mudo y aterrador. Los frascos, los cubiertos, los vasos, abrieron los ojos grandes, mirando la maceta que había asesinado brutalmente, en un descuido, a una taza de café. La pobre taza muerta estaba en el suelo despedazada. Desesperada, la maceta asustada juntó lo pedazos de la taza y los tiró en el tachito de la basura que lloraba porque era su amiga. La maceta aún mas asustada se fue corriendo a la esquina y se escucharon los pasos ruidosos de don escobillon. El escobillon violeta abrió la puerta y se encontró con semejante desastre y empezó a recriminarle y a decirle a doña maceta. Doña maceta, ya estás suficientemente crecidita para armar semejante desastre y dejar tierra por todos lados y ... hacer  semejante bardo.
Y la maceta le contestó: mire don escobillón, usted es demasiado chiquilin para venir a decirme lo que debo hacer, tanto vivir en esta esquina oscura y en esta casa desolada, podrida estoy de esta realidad seca, porque ni siquiera me riegan. Y el escobillón la miró y le dijo: maceta, macetita, si pudiera arrancarte los pastos viejos y esa madera que te cuelga de tu boca, te juro que lo haría, quedate ahí... y tranquila.
Así que, como un padre comprensivo, el escobillon comenzó a barrer y barrer... y a acomodar todo lo que la maceta había hecho.
Una vez que el escobillón terminó de acomodar todo, la maceta lo miró triste y agachó su cabeza de jarrón y dijo: disculpame escobillon, discúlpenme todos, pero me siento muy sola, estoy con ustedes pero en realidad mi corazón esta vacío, me siento mal porque ni siquiera tengo una flor que me acompañe en esas noches frías o en los días soleados de primavera... Entonces la maceta lloró y reventó en lágrimas, lloró tanto que mojó su tierra y la llenó de humedad; con el tiempo creció una flor y así la maceta al fin no se sintió tan sola, y tuvo no solo una flor sino muchas flores que crecieron y llenaron de color su cabeza de jarrón.

Facundo Rodríguez.
Sobre el texto "El Patio".

María Elena Walsh: (Ramos Mejía, 1930 – Buenos Aires, 2011) poetisa, escritora, música, cantautora, dramaturga y compositora. En el panorama de la canción para niños de Latinoamérica, ella se destaca junto a grandes maestros como el mexicano Francisco Gabilondo Soler y la cubana Teresita Fernández.

LA CASA


Aurelio tenía 73 años, pero cuando se enteró que la casa donde había vivido su infancia estaba en venta, le embargó  el exilio y volvió a los doce que tuvo alguna vez.
Entonces, se le ocurrió la idea de llamar al vendedor y hacerse pasar por un posible comprador. Así fue que, tras haberle llamado, acordaron a las 17 hs. de esa misma tarde para ir a visitarla. Aurelio se calzó la cuchilla oblicuamente en la parte posterior de su pantalón y sujetada por el cinto, la cubrió con su viejo saco.
Llegada la hora y estando allí, se presentó cordialmente al vendedor y ambos se dispusieron a ingresar al domicilio.
-Como verá la casa se encuentra un poco deteriorada en cuanto a los detalles de pintura- le dijo el vendedor y prosiguió. -Pero tiene todos los servicios y además cuenta con un patio no muy grande pero con un viejo y frondoso árbol para disfrutar de la frescura del verano.
-Justo lo que me recetó el medico para el otoño de mis días dijo Aurelio y sonrió.
Luego, le preguntó si se podría abrir la puerta del patio. Como no- dijo el vendedor, al que en ese mismo instante le sonó su teléfono móvil.
Si me disculpa unos minutos, enseguida vuelvo. Y agregó, Ud. recorra libremente la casa si lo desea.
-Gracias dijo Aurelio, y así fue.
Aunque la casa fuese ajena, Aurelio se sentía colado en su propia vida.  Era mucho lo que había cambiado. Cuantas paredes que antes no estaban.
Girando la cabeza, la vio a su madre cocinando con su delantal y con su mirada tierna que le decía:
Anda lavarte las manos que ya vamos a comer.
De pronto, su padre que lo asusta de atrás y lo alza y le escucha decir: ¿cómo te fue en la escuela campeón?
El fondo tampoco era muy grande, pero en aquel entonces parecía tan inmenso. Recordaba cuando corría a su hermano por robarle las figuritas, cuando juntos alentaban barriletes, pateaban la descocida pelota y comían mandarinas bajo el sol.
Aurelio se acercó al viejo árbol. De repente observó que el vendedor había terminado su llamada, entonces se apuro, saco su cuchilla y como pudo se hincó de rodillas ante el árbol y escarbo la tierra. Luego de unos minutos, allí estaba esperándole; un viejo cofrecito donde escondía las figuritas para que no se las robe su hermano. Sus ojos se estremecieron y también los del vendedor que supo entender que lo que hace a un hogar no son las paredes y para Aurelio que supo comprender que uno regresa por dos razones: para reencontrarse o para despedirse.

Diego Camejo.

Sobre el texto "El candelabro de plata".

Abelardo Castillo (San Pedro, 27 de marzo de 1935) Publica sus primeros cuentos en 1959. Gana un premio en el concurso de la revista Vea y Lea en 1959 (jurado: Borges, Bioy Casares y Manuel Peyrou). Cuentos: Las otras puertas, 1961; Cuentos crueles, 1966; Las panteras y el templo, 1976; El cruce del Aqueronte, 1982; Las maquinarias de la noche, 1992; El espejo que tiembla, 2005.

SAKURA Y LA MARIPOSA


Sakura era un gato, elástico y agradable, que se ahogaba de luna con mucha frecuencia, preguntándose una y otra vez por la liquidez del cielo. Le gustaba saltar, de techo en techo, de casa en casa, cuando llegaba la noche. También disfrutaba de escalar árboles torcidos, para estar mas cerca de alguna estrella y con ella hablar.
Un día mientras paseaba por su jardín de hermosos aromas, se encontró con una mariposa, la cual estaba acariciando una rosa, era justo la hora en que el cielo se pinta de celeste con lentitud; ante aquel cuadro el felino se preguntó, ¿será eso amor? dibujando en su rostro una leve sonrisa satánica, parecida a la de una sirena. La mariposa lo escuchó y con mucha ternura le respondió: Si, gatito, solo es una forma de amor, el mismo amor del rayo de luz y el árbol, el mismo amor del ave por la altura, de vez en cuando, sarcástico amigo, me gusta alejarme del ruido de lo humano, cuan alegre el corazón titila al compás de una nube esponjosa, contemplo el agua suave, cuando camina silenciosamente hacia lo hondo y azul del mar. Aún en la muerte y círculo eterno, ¿será la existencia una melodía? tan blanda y sensible, que la escucharía cualquier sordo, y lo vería cualquier ciego...
Te confieso algo, señorita alada, jamás escuché tales transparentes palabras, limpias y puras, sin una gota de maldad, pues bien, soy un gato negro que camina por las noches, solitario e invisible me desplazo, tienes suerte de posar, en los pétalos de la rosa, sabrás comprender y respetar las espinas, pues en esta época, toda planta busca marchitarse y los árboles desnudos meditan bajo la influencia del astro solar, esperando con paciencia, el reverdecer primaveral, brindando refugio en la cíclica luna a las lechuzas, los búhos y a mi.
El día y la noche se abrazan, en todo amanecer y en todo ocaso, cualquiera sea la estación, y la dirección del viento danzante... Ambos sabemos, mi felino parlanchín, de otoño y primaveras, pero quisiera contarte hoy, de mi extraña mutación, no siempre me gustaron las flores, ni me elevaba hacia arriba, mas bien me arrastraba, y tenia otro aspecto, pero he cambiado, al igual que ese árbol, con el cual te gusta jugar...
Agradable mariposita, escuchemos el silencio, háblame con tu ritmo al volar y flotar, déjame extasiarme con tu intenso arcoiris...
Está bien gatito, pero podrías solamente susurrar tu nombre? Sakura, me llamo Sakura...
Desde aquel día Sakura y la mariposa dialogaban con gestos, y ambos se entregaron a la inmensidad de lo infinito.


Edgar Gómez.

Sobre el texto "El Patio" de María Elena Walsh.

El guardián

Si conocieran mi verdadero trabajo… Si supieran que es por mí que las calles de esta ciudad respiran calma…
Ficus me contrató, más bien, hicimos un trato. Él no me embrujaría si yo le entregaba personas para que lleve a cabo sus trabajos. Y qué mejor que delincuentes para ello.
Hace más de seis meses me encontraba patrullando la plaza principal; caminaba con tranquilidad, vigilando cada rincón hasta que lo descubrí. Al notar esto me señaló con su dedo índice y sentí que me paralizaba. No iba a huir; si se trataba de un loco no le daría importancia, y si quería asaltarme, se había metido con el sujeto equivocado. Lo detendría y lo llevaría preso.
Pero no era ni un maniático ni un ladrón. Se trataba de un viejo barbudo, vestido anticuadamente. Me llamó la atención un relicario que llevaba colgando de su cuello.
El sujeto me dijo que por haberlo descubierto tenía que elegir entre recibir un maleficio o convertirme en su servidor. Al principio traté de ignorarlo, dar media vuelta y marcharme, pero realmente una fuerza sobrenatural impedía que me moviera. Asustado, porque eso no era cosa habitual, opté rápidamente por la segunda opción.
El viejo se presentó. Dijo llamarse Ficus y ser hechicero. Sus ojos, de mirada fuertemente penetrante, delataban que no era una persona común.
Ficus se quitó el relicario y me dijo que lo tomara. Por fin pude moverme. Sujeté el objeto con ambas manos. Era pesado y estaba frío.
A continuación, el viejo me dijo que sólo lo abriera cuando fuera necesario y detalló enseguida mi tarea como su servidor. Tenía que conseguirle humanos para sus experimentos. Todos serían trasladados a un calabozo al que sólo el viejo sabía llegar.
Pareció coincidencia que justo cuando culminara de explicarme eso se activó la alarma de un coche. Al girar noté que un malhechor intentaba abrir a la fuerza la puerta de un vehículo estacionado a un lado de la plaza.
Guardé el relicario en mi chaqueta  y sin pedir permiso corrí hacia el ladrón al grito de: <<¡Alto, policia!>> mientras le apuntaba con mi pistola. Pero la mala suerte me tocó. Tropecé con una piedra a pocos metros del tipo y mi revolver fue a parar a un cantero lleno de plantas.
En ese momento vi al ladrón aprovechar su oportunidad. Metió su mano en el bolsillo y sacó un arma de fuego. Pero justo antes de apuntarme oí a Ficus gritar: <<¡El relicario! ¡Abre el relicario!>>. Buscar la pistola me llevaría más tiempo que meter la mano en el bolsillo de la chaqueta y hacerle caso al viejo. Entonces hice lo segundo. Abrí el pesado medallón y vi desintegrarse en pocos segundos a quien me apuntaba. Quedé boquiabierto.
Los investigadores y periodistas no se explican la desaparición de cientos de jóvenes y adultos que fueron acusados de robo o violación de la ley.
Por mi parte, camino altaneramente, sabiéndome importante para la ciudad. Nadie sabe que limpio las calles de ladrones y no tengo necesidad de contarlo.
La gente tiene más confianza en las noches y sale sin preocuparse de ser asaltado o arrebatado. Casi no hay delincuentes.
De vez en cuando el viejo Ficus me lleva al calabozo y me muestra con orgullo todos los prisioneros que yo atrapé para él. Sonrío al verlos temerosos de mi y del viejo, sobre todo me satisface ver temblar, ante mi presencia, a aquel que me quiso matar la noche que lo descubrí robando un auto.


Alessandra Waitomo
Sobre el texto "Las mariposas de Piraí".

Estella Calloni: periodista y escritora. Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí (1986). Fue corresponsal de guerra en América Central y se especializó en política internacional. Editora y directora de revistas de esa temática, ha publicado cuentos y poesías en revistas de América Latina y los Estados Unidos. Es corresponsal en América del Sur, con sede en Buenos Aires, del periódico La Jornada, de México.

Pablo y su abuelo

Pablo despertó sobresaltado y dijo que vendrían a buscarlo los extraterrestres, Juan su hermano que dormía en la cama de al lado le dijo que se quedara tranquilo que había tenido una pesadilla, una de las tantas que tenia…
Pablo se levanto con rapidez, se vistió y empezó a buscar algo por todos lados pero no lo encontraba, hasta que llego a un mueble viejo y reviso en una de las puertas, ahí etaba… tomo con cuidado un libro que le había dejado su abuelo antes de fallecer. Cuando se lo dio el abuelo le dijo: “este libro contiene los secretos de la vida, tené mucho cuidado porque mal usado podría ser terrible”
El abuelo  lo convenció de que lo guardara en un lugar seguro y solo lo mirara cuando fuera necesario, y ese día había llegado.
Cuando encontró lo que buscaba el chico salió corriendo pero en el apuro se choco con Juan, que no entendía que le pasaba ya que ese día su hermano estaba mas raro que nunca, entonces Pablo invento una historia que por supuesto Juan no creyó, por lo que pensó que ya era hora de contarle la verdad. Cuando estaba por hacerlo los interrumpió un fuerte ruido que llegaba desde la calle, se asomaron por la ventana y vieron un enorme plato volador... La gente enloqueció, gritaban, corrían, se chocaban entre si tratando de escaparse… fue entonces cuando la nave descendió, se abrió la puerta y se pudo ver una extraña criatura… se hizo un silencio general.
Desde el interior de la nave se escucho “no venimos a hacerles daño solo venimos a buscar El libro”  Pablo por alguna razón sabía que no se trataba de cualquier libro sino de uno en particular, por lo que fueron a buscarlo directamente a él. Luego de varias amenazas el chico decidió entregar lo que tanto buscaban.
Pablo quedo preguntándose que es lo que sucedería, pero de pronto recordó una frase de su abuelo “no tengas miedo cuando vengan por el libro, ellos podrán ser muy inteligentes, pero sin la palabra clave no podrán develar los secretos”.
El chico aunque confiaba en su abuelo había muchas cosas que no entendía, y no pudo preguntárselas. Cuando las cosas se tranquilizaron fue al mismo lugar donde estaba guardado el libro y encontró una carta que decía:
 “Hijo mio tal vez te resulte extraño lo que voy a contarte pero yo no soy como ustedes…
Hace muchos años nos mandaron de misión a este planeta, pero sucedió un accidente y no se que paso con el resto; de repente me encontré solo y me refugie en un lugar aislado, luego logre sobrevivir porque  me mezcle entre la gente, con el tiempo fui conociéndolos y me acostumbre a su mundo. La misión que me habían encomendado era completar un libro y mientras lo hacía me di cuenta que iba a ser causa de guerras, por  eso nunca regrese…
Hay muchas cosas que no vas a entender ahora y yo no te las puedo contar pero cuando vayas creciendo las vas a ir descubriendo. En este planeta hay mas como, yo solo te pido que confíes en mi…”
 La carta continuaba pero el chico no pudo seguir leyendo ya que se sentía raro, su piel empezó a cambiar de color, el cuerpo cambio de forma al mismo tiempo que se arrugaba y hasta su voz empezó a sonar extraña...


Pamela M. Blanco.
Sobre el texto "Paranoia".

Alberto Vanasco: Alberto Vanasco (1925-1993) nació en Buenos Aires; novelista, cuentista, poeta y dramaturgo. Formó parte de la vanguardia argentina de los años 50. CUENTOS: Adiós al mañana; Memorias del futuro; Nuevas memorias del futuro.

Desencuentro

El suelo está sucio y la música es impenetrable. Los parlantes están infinitamente cerca, no importa donde estén. Él se siente cómodo, tiene un vaso en su mano, con una bebida negra, oscura, con mucho hielo, aunque esa noche haga frío. El sorbete está en el piso, está así desde que le entregaron la bebida. Se apoya con el codo contra la mesa de la barra. Una Mujer con un top blanco le sirvió, su piropo no prospera. La camisa es nueva, está siendo estrenada esa noche, la tiene arremangada para resaltar los biceps que estuvo trabajando desde que está solo. Se siente cómodo, como se peleó con la novia se siente libre. A un amigo le dijo:
– Soy un tigre en la selva, viejo.
Se siente cómodo, despierto, simpático, ganador. El concepto de histérica relajó la primera derrota nocturna. La humedad trepa de la barra, por su codo desnudo y sube por la piel erizada. Se desprende de esa postura. Decide hacer unos pasos esquivando vasos y envases tirados. Patea una botella, una espesa espuma se vierte y pierde entre las infinitas piernas. Distingue un par. Son buenas piernas, es un buen cuerpo y tiene un lindo rostro. Las luces lo marean. Se clavan en los objetos. Un destello resalta el top blanco de la barman que ya no le interesa. Decide dar una vuelta más larga. Se olvidó del par de piernas, buen cuerpo y lindo rostro. Encuentra a otra mujer, distinta, pero igual. Ella baila bien. Buenas piernas, buen cuerpo y lindo rostro. Él no sabe bailar, tensa el estómago, infla el pecho. Mira. La mujer baila que baila. La indiferencia lo cohíbe. Prueba a la chica que está al lado. Es otra no baila, charla con las amigas. Buenas piernas, buen cuerpo y lindo rostro. Pasa cerca de ella mientras la música lo aturde. Se siente cansado de mirar. Sonríe, pero a nadie. Bebe, se olvidó de  su adorno y el vaso sin hielo es transparente: aguado. Vuelve a la barra. Pide otro fernet, con otro piropo. Alrededor son todos hombres. Todos iguales a él, apoyados contra la barra, con camisas nuevas o casi nuevas, mirando la multitud. Esta vez bebe rápido y pide otro. Se entona y sale para el otro lado. Hola dice a la primera mujer que se le cruza. Nada. Hola, dice a la quinta y hola a la séptima, a la novena, a la décimo octava. Nada. Dos vueltas da al galpón.
–Hola –le responde quién sabe ya quien.
–Hola, preciosa, ¿cómo estas? –agrega.
–Hola –vuelve a decir–, bien, acá andamos.
–Me alegro –se calla, la música taladra las palabras, no esperaba el saludo.
–¿Vos? –dice ella.
–Todo bien, saliendo un poco –dijo
–Yo también, aunque tenía ganas de quedarme en casa, con este frío.
–Si frío, mucho. Qué bárbaro –, no encaja. No sabe por qué.
Ella ya reconoció que no se acuerda de ella.
–No te acuerdas de mí.
–No, disculpame, ando medio borracho –miente, reflexiona: buenas piernas, buen cuerpo y lindo rostro.
–No importa, ¿seguís trabajando?
–¿En qué? –responde perdido.
–No importa.
El silencio de las voces es como si callara hasta la música. Las luces lo bloquean mentalmente, no accede a palabras o recuerdos. La mujer frente a él le sonríe, cada vez con menos simpatía y más sorna. La invita a beber algo de la barra, pero ella lo rechaza agradecida. Le propone bailar, pero ella sabe que a él no le gusta bailar, declina la oferta. Mira hacia los costados, hacia arriba, sigue los juegos de luces, cabecea al ritmo de la música, quiere irse. Está incómodo. Ella quiere que la recuerde, pero eso no sucede. El suelo lleno de porquerías, las manos inquietas con su vaso vacío, La camisa nueva comienza a retener el sudor del desencuentro.
–Voy a buscar algo de tomar. ¿En serio no querés?
–No gracias.
–Ya vuelvo –miente.
–Dale, te espero –miente ella.


Fernando A. Nicollier.

Sobre el texto "Conversación" de Eduardo Mallea.

El espejo negro


El doctor Paulin hizo un par de pasos atrás.
El espejo estaba incendiándose y no sabíamos qué hacer, cómo detener el fuego negro y espeso que brotaba sin cesar.
Salí corriendo a buscar un balde de agua o arena para tirarle encima. Paulín me detuvo antes de pasar la puerta: “Deje nomás, que se apague solo, veremos qué sucede”.
Estuvimos casi media hora, mirando abombados la rara fogata. El doctor pensaba. Yo estaba anonadado.
Finalmente todo volvió a la normalidad, no quedaron rastros del incendio, el espejo negro con su corazón de carbón y pensamientos, quedó como si nada hubiera pasado. Cuando se enfrió, el doctor lo tomó y lo miró detenidamente. Lo desarmó.

Luego me dijo que iba  a analizarlo químicamente y me contaría, con mucha reserva, los resultados.
Pasaron los días y me llamó para que lo visite nuevamente en su pequeño laboratorio.
Pasé a la caída del sol y allí tomamos un café, charlamos sobre bueyes perdidos y en un momento me invitó a pasar a la otra habitación porque me mostraría algunas cosas confidenciales.
Sacó unos papeles escritos, con fórmulas y anotaciones varias. Su cara fue cambiando, se puso demasiado serio para mi gusto y finalmente me confesó: “Ahora sí, es muy raro todo. La placa carbonada pesa 2 gramos menos de lo que tenía antes de incendiarse. Y la estructura química cambió, también algo raro porque no debería haberse modificado”.
“Y otra cosa, cada vez que me acerco a la placa negra, vuelve a mis pensamientos la figura tétrica que apareció ese día nefasto”.
Discutimos qué hacer con el espejo: destruirlo o retomar las experiencias para terminar con el juego químico y trascendental que había quedado a medio camino.
Finalmente, a la semana, me llamó nuevamente. Esta vez fue sin café. Cuando llegué a la casa, estaba esperándome ya dentro del auto y me hizo señas para que suba.
Encendió el motor y antes de decirme nada ya estábamos marchando hacia el cementerio local. Bastante silencioso, sin palabras, el doctor Paulín me dijo que había que depositar el espejo mágico en la tumba del finado que contantemente volvía a su cabeza. Parecía un alma en pena que luego de la experiencia estaba más viva que nunca.
Tuve miedo. Soy sincero. No me permitió tocar el espejo. Él mismo lo llevó hasta la tumba señalada. Me pidió que lo deje solo. Cuando caminaba a la puerta grande del campo santo, volví la vista atrás  y ví el resplandor de un fogonazo; y escuché al mismo tiempo una explosión.
Esperé casi una hora dentro del auto. Eran las 23.15 cuando llegó el doctor. Estaba más tranquilo. Encendió el motor, no prendió las luces del vehículo y partimos despacio hacia mi casa.
En teoría, el muerto ya estaba tranquilo. Y no quise, o no pude, pensar nunca más en él. Hubo una muralla infranqueable, o un olvido necesario.
Notablemente, el doctor nunca más habló del tema. Y se dedicó de lleno a la química tradicional.

M. Faure.
Sobre el texto "El Espejo negro".

Leopoldo Lugones: (Villa de María del Río Seco, 13 de junio de 1874 - Tigre, 18 de febrero de 1938) poeta, ensayista, periodista y político. En 1926 recibe el Premio Nacional de Literatura y en 1928 preside la Sociedad Argentina de Escritores. eL 13 de junio es considerado el día del escritor como homenaje al natalicio de Lugones.