El espejo negro
El doctor Paulin hizo un par de pasos atrás.
El espejo estaba incendiándose y no sabíamos qué hacer, cómo detener el fuego negro y espeso que brotaba sin cesar.
Salí corriendo a buscar un balde de agua o arena para tirarle encima. Paulín me detuvo antes de pasar la puerta: “Deje nomás, que se apague solo, veremos qué sucede”.
Estuvimos casi media hora, mirando abombados la rara fogata. El doctor pensaba. Yo estaba anonadado.
Finalmente todo volvió a la normalidad, no quedaron rastros del incendio, el espejo negro con su corazón de carbón y pensamientos, quedó como si nada hubiera pasado. Cuando se enfrió, el doctor lo tomó y lo miró detenidamente. Lo desarmó.
Luego me dijo que iba a analizarlo químicamente y me contaría, con mucha reserva, los resultados.
Pasaron los días y me llamó para que lo visite nuevamente en su pequeño laboratorio.
Pasé a la caída del sol y allí tomamos un café, charlamos sobre bueyes perdidos y en un momento me invitó a pasar a la otra habitación porque me mostraría algunas cosas confidenciales.
Sacó unos papeles escritos, con fórmulas y anotaciones varias. Su cara fue cambiando, se puso demasiado serio para mi gusto y finalmente me confesó: “Ahora sí, es muy raro todo. La placa carbonada pesa 2 gramos menos de lo que tenía antes de incendiarse. Y la estructura química cambió, también algo raro porque no debería haberse modificado”.
“Y otra cosa, cada vez que me acerco a la placa negra, vuelve a mis pensamientos la figura tétrica que apareció ese día nefasto”.
Discutimos qué hacer con el espejo: destruirlo o retomar las experiencias para terminar con el juego químico y trascendental que había quedado a medio camino.
Finalmente, a la semana, me llamó nuevamente. Esta vez fue sin café. Cuando llegué a la casa, estaba esperándome ya dentro del auto y me hizo señas para que suba.
Encendió el motor y antes de decirme nada ya estábamos marchando hacia el cementerio local. Bastante silencioso, sin palabras, el doctor Paulín me dijo que había que depositar el espejo mágico en la tumba del finado que contantemente volvía a su cabeza. Parecía un alma en pena que luego de la experiencia estaba más viva que nunca.
Tuve miedo. Soy sincero. No me permitió tocar el espejo. Él mismo lo llevó hasta la tumba señalada. Me pidió que lo deje solo. Cuando caminaba a la puerta grande del campo santo, volví la vista atrás y ví el resplandor de un fogonazo; y escuché al mismo tiempo una explosión.
Esperé casi una hora dentro del auto. Eran las 23.15 cuando llegó el doctor. Estaba más tranquilo. Encendió el motor, no prendió las luces del vehículo y partimos despacio hacia mi casa.
En teoría, el muerto ya estaba tranquilo. Y no quise, o no pude, pensar nunca más en él. Hubo una muralla infranqueable, o un olvido necesario.
Notablemente, el doctor nunca más habló del tema. Y se dedicó de lleno a la química tradicional.
M. Faure.
Sobre el texto "El Espejo negro".
Leopoldo Lugones: (Villa de María del Río Seco, 13 de junio de 1874 - Tigre, 18 de febrero de 1938) poeta, ensayista, periodista y político. En 1926 recibe el Premio Nacional de Literatura y en 1928 preside la Sociedad Argentina de Escritores. eL 13 de junio es considerado el día del escritor como homenaje al natalicio de Lugones.
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Hola. ¿Este es un fragmento de "El espejo negro" de Lugones? Si lo es, ¿podrías subir el cuento completo? No lo encuentro en ninguna parte en internet. Te estaría muy agradecido.
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